Relatos cortos  16 nov 2020 Madrid

Relato tonto del fin de semana


Poca gente sabe lo viva que esta la magia y la fantasía en nuestro mundo actual. Vamos tan deprisa, sin prestar atención a las cosas invisibles de nuestro alrededor, que prácticamente hemos perdido la capacidad de ver lo que sí podíamos ver cuando éramos solo niños sin preocuparnos por las miles de tonterías que nos preocupan en esta ajetreada vida. No me pasó hace mucho, yendo a comprar un sábado de noviembre, ya terminadas todas las tareas cotidianas de mi quehacer, que me di el lujo de caminar mas despacio por la calle al volver de la tienda. Al fin y al cabo, ninguno somos dueños del tiempo, simplemente vivimos dentro del tiempo. Igual que no somos dueños de esta Tierra, aunque a veces nos comportamos como si fuéramos propietarios tanto del tiempo como de la Tierra. Pero este pequeño planeta azul ya existía mucho antes que ninguno de nosotros, y ya daba vueltas alrededor del sol antes de que fuéramos ninguno concebido. Y ambas cosas seguirán ocurriendo cuando hayamos dejado de posar la planta de nuestros pies sobre el suelo. Quizás sea ser consciente de ese tipo de cosas que esta noche volví a oír hablar a los árboles. Hablan muy bajito sobre las cosas que les cuentan el viento y los pájaros, tanto que, si uno no está atento, puede pasar por en medio de una conversación y no ser consciente de ello. Por no hablar de que no todos hablan el mismo lenguaje y cuesta hacerse a los distintos dialectos existentes.

Sin embargo, ir tan despacio, disfrutando de las pequeñas gotas de la llovizna, mientras volvía a esa casa donde duermo, sin estar pendiente del avance de las agujas del reloj, me permitió oír sobre los últimos cotilleos que preocupaban a los árboles. Al parecer se morían de envidia por las extrañas visitas de un pato a otro árbol situado muy lejos de allí. Claro que nunca he sabido como miden las distancias los árboles, ellos que siempre están bien atados al suelo con sus fuertes raíces. Discutían sobre las posibles razones por las cuales un pato podría tener un árbol favorito sobre cualquier otro. Cierto que hablaban de muchos animales que iban y venían, tales como ardillas, perros, vacas ¿o dijeron “perrovaca”? No siempre entiendo bien su dialecto de árbol. Yo me quedé pensando muy seriamente en el asunto, y llegué a la conclusión de que tal vez, pato y árbol, descubrieran que hablaban el mismo dialecto. No siempre es fácil encontrar quien hable tu mismo dialecto, ni siquiera entre los de tu misma raza, familia, cultura o idioma natal. Y sí, hago diferencias entre el idioma y el dialecto, pues he visto miles de personas hablando el mismo idioma, al menos en apariencia, y no entenderse. Quizás fuera esto lo que pasó, y sea que ese mismo dialecto común, hiciera que las conversaciones fueran tan fluidas y naturales, que solo se pueden explicar cuando tú mismo las has vivido.



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