Relatos cortos  27 ago 2020 Madrid

El caballero al que ninguna princesa llegó a besar (deición definitiva)


Es curioso cómo una misma historia puede ser contada de una y mil formas. Ese era el arte que tenían los juglares de Medalbádena . Mientras el alegre Sid de Guliers te transformaba todo lo que contaba en una divertida historia donde hasta el más mohíno terminaba soltando alguna carcajada, el solemne William Juliers te atrapaba con su voz grave y su mirada perdida, y te hacía sufrir mientras te preguntabas si el héroe conseguiría alcanzar su meta o terminaría sucumbiendo en alguna de las miles de trampas que sus enemigos tendían a su alrededor. Por eso, el festival de juglares de primavera, que reunía en la Plaza de la Reina a cientos de juglares de todo el reino, era el momento favorito del año para el pequeño Thomas. Sí, ver como la plaza se vestía con sus mejores galas mientras artistas llegados desde más allá del horizonte llegaban. Estaban los bardos moros, cantando las proezas de Saladino o alguno de los cuentos de las míticas Mil y una noches donde la pródiga imaginación de Sherezade la salvó de su cruel destino. Los judíos, sin embargo, preferían las historias de la Torah, donde Yahvé intervenía en su favor, siempre que siguieras sus mandamientos. Del norte llegaban los más castellanos, que trataban de recordar las proezas del Mío Cid, las batallas que libró Fernán Núñez o el reinado del gran Almanzor. Aunque Thomas huía de todas estas historias, de las que sospechaba que secretamente querían siempre enseñarle algo. Prefería las historias donde el aguerrido caballero sorteaba mil y un peligros con tal de rescatar a la dulce y hermosa princesa de sus sueños. Desde que escuchó San Jorge y el dragón, se enamoró perdidamente del género. Soñaba con aprender el arte de la espada, desafiar mil y un peligros y recoger entre sus brazos a una hermosa dama de cabellos rojos como el fuego y ojos azules como el cielo. Y, por una vez en su vida, sentirse querido. Si había algo que le sonaba realmente a ficción era esa parte final de cada historia a la que llamaban amor. No recordaba haber sentido nunca nada parecido. Sus primeros recuerdos eran de aquel convento donde fue criado y alimentado, pero más que amor, lo que sentía era terror. Finalmente, una noche oscura y tormentosa, escapó del lugar, alejándose lo más posible de allí. Nunca supo si las terribles hermanas del lugar saldrían a buscarle, pero no se iba a molestar en averiguarlo. Alimentado solo uno de cada tres días, durmiendo en un frío suelo, trabajando de sol a sol, recibiendo palizas día sí, día también, no era algo que se pareciera ni remotamente con la imagen que los juglares daban del amor. Y al menos debía dar las gracias de no haber nacido niña, ya que cada noche los curas escogían a varias para llevarlas cada noche con ellos. Nunca supo lo que hacían, pero al juzgar por los gritos no debió de ser ni medianamente agradable. Desde entonces había vivido solo andando por los caminos, mendigando algún mendrugo de pan a cambio de algún trabajo por su parte. Con el buen tiempo, aún se podía vivir así. Pero sobrevivir a las nieves del invierno era mucho más difícil. Pero ya llevaba 3 inviernos superados y no iba a dejarse morir tan fácilmente. Vida sólo había una. Era difícil y casi siempre un asco, pero la muerte no parecía muy agradable. Él, por lo menos, no tenía excesiva prisa por experimentarla, desde luego. Tras un rato de diversión escuchando cuentos nuevos, oyendo cantar y contar nuevas o viejas historias, soñando con cada una de sus aventuras o aprendiendo alguna cosa nueva, se puso manos a la obra con su rutina diaria. Al fin y al cabo, ser pobre no daba para comer, así que cada día tenía que despabilarse para no irse a dormir sin haber probado bocado en todo el día, cosa que le había ocurrido ya demasiadas veces. Por suerte, el festival de primavera siempre era buena época. Había más gente que nunca en la ciudad y eso aumentaba las posibilidades de éxito para Thomas. Además, la experiencia le había convertido ya en un experto en la elección de las personas a las que dirigirse. Los caballeros de clase alta pagaban mejor, pero rara vez querían que un muchacho andrajoso y sucio como él. Y los pobres, no tenían con qué pagarle, ni tan siquiera podían compartir un trozo de pan. No. Las mejores víctimas eran siempre hombre de bien venidos a menos, lo suficientemente pobres como para haber perdido el alto concepto de sí mismos que tenían, pero no tanto como para no poder pagar por una ayuda. De repente vio al hombre perfecto. Mayor, encorvado, apoyado con un largo bastón, con un manto gris que cubría el poco pelo que le quedaba. Cargaba una pesada mochila verde y le acompañaba una chiquilla bastante sucia que sería algo mayor que Thomas. Sí, seguramente tendría ya cerca de 14 años, ya que Thomas observaba con deleite como unos incipientes pechos se le marcaban sobre su raída blusa, con agujeros lo suficientemente bien situados como para poder ver la sutil redondez de su forma y parte de uno de los pequeños pezones que los coronaban. Pero nada de eso hizo desearla, ya que la suciedad que la envolvía y la mugre de sus cabellos, tan densa que no podía saberse si es que eran negros o simplemente era todo puro hollín, la hacía tan poco atractiva para él como lo habían sido sus pequeñas compañeras de convento. Hizo una reverencia que le llevó a casi tocar el suelo, para saludar a la curiosa pareja con todo el respeto que le fue posible. Al fin y al cabo, una buena presentación era su mejor baza para poder recibir algún trabajo que le permitiera comer algo sólido durante el día. - Noble señor, joven señorita, permítanme saludarles. Sí me lo permiten, deje que lleve ese pesado fardo por usted. No le pediré más que algún mendrugo de pan, quizás alguna manzana, algo con lo que poder llenar el buche. No les entretendré más, y cuando se cansen, podrán despedirme. Seguiremos siendo tan amigos como hasta ahora, y cada uno seguirá su camino. El hombre le miró, pensando qué contestar. Pero quizás Thomas no se esperaba una respuesta como la de aquel día. - Recibo gustoso vuestra ayuda, caballete. Pero dígame. ¿Y si decido no despedirle? ¿Seguiría nuestro camino? No le faltara comida con nosotros, aunque tampoco le faltaran problemas, se lo garantizo. Habrá que caminar mucho, y puede que no conozcamos un lugar al que llamar hogar. Pero como mínimo le prometo, que de hambre no morirá. Thomas le miró con desconfianza, pues nadie jamás le había contestado de un modo tan cortés. Si él hablaba así, era lo único bueno que había conseguido de su vida en el convento. Pero aquello le sonaba a burl.a. ¿Pero y qué si lo era? No tenía mucho que perder, ni siquiera algo parecido a un orgullo que dañar, así que, sin pensarlo más, se apresuró a contestar del mismo tono. - Señor, será un honor unir mi suerte a la vuestra. No recuerdo la última vez que comí caliente. Cojo vuestra promesa de no morir de hambre. Y no creáis que le temo a los problemas, pues a mi corta edad, mil desventuras contaros podría. Así comenzó un viaje que ya duraba casi 10 años. El hombre resultó ser Sir Justin de Meadolf, un antiguo caballero de un lejano reino. La niña se llamaba Brunilda y era la hija bastarda de la reina Matilda. A la pobre reina le pareció más prudente dejarla al cuidado del viejo caballero a correr el riesgo de que su marido las matara a ambas si descubría el fruto de aquella infidelidad. Mucho aprendió el joven Thomas en aquellos años de largas travesías. Mientras la vista se lo permitió, el viejo Sir Justin ganaba algunas monedas enseñando a los hijos de los nobles a manejarse con el arte de la espada. Si no los convencía mediante los argumentos, los convencía atacando a su orgullo, apostando una moneda a que ninguno de ellos sería capaz de batirse con la pequeña Brunilda. Si el hecho de ser chica no era motivo suficiente como para que se echaran a reír casi inmediatamente, el aspecto flacucho y desaliñado de la joven terminaba de completar el efecto. Lo que nadie sospechaba, es que Sir Justin enseñaba a sus jóvenes acompañantes las mejores lecciones. Para él no había diferencia entre chico y chica. Hombre o mujer, para él era lo mismo. Trataba de no juzgar a nadie precipitadamente, pues él mismo se había aprovechado de su aspecto de anciano desvalido para confundir a sus enemigos. Pero no solo les enseñaba a luchar, si no a pensar. - Un caballero que depende de su espada es solo la mitad de un caballero - solía repetir. - No olvidéis que no tendréis jamás mejor arma que vuestro buen juicio. Thomas aprendía despacio, creyendo que aquello se parecía más bien poco a las narraciones que había oído de los juglares. Aunque a veces también iban en rescate de alguna princesa desaparecida a cambio de algunas buenas monedas de oro, casi nunca acaban como él esperaba. Hoy quizás sería algo diferente. Llevaban caminando casi una semana hacia las montañas grises, donde parecía que un terrible dragón había raptado a la Lady Ernestina de Frousthyn, prometida del tercer hijo del barón de Wertch. Thomas siempre pensaba que iban muy despacio en sus misiones de rescate, pero Sir Justin se mantenía firme en sus convicciones. - Prudencia, muchacho, prudencia. La mayoría de los caballeros andantes mueren por exceso de precipitación. Suelen confundir la valentía con la temeridad y eso no suele acabar nunca bien. Para demostrarlo, mandó hacer una última parada justo delante de la guarida del dragón y comer allí mismo. Brunilda solía ser quien hacía la comida, aunque Sir Justin insistía cada vez más en que Thomas debía ayudar cada vez más, hasta que pudiera hacer los guisos casi tan bien como Brunilda. - ¡Pero cocinar no es cosa de hombres - Tal vez, pero puede que no siempre tengas cerca a alguien que te cocine, y tu estómago no creo que acepte esa excusa siempre. - ¡Pero huele fatal todo - Recuerda que hubo un tiempo en que no tenías comida que oler siquiera. No solían ser muchas las discusiones que mantenían, pero aún había ciertas cosas que Thomas no veía claras. Y el tema de tener que aprender a cocinar era una de ellas. De repente, se oyó un ruido espantoso. De la cueva salió una cabeza enorme, del tamaño de una catedral, decorada con escamas de un color entre violeta y morado. Parecía guiarse por el olfato, pues se paró justo encima del caldero de Brunilda. Ni ella ni el anciano caballero parecieron inmutarse, como si fuera lo más normal del mundo el hecho de que de la nada surgiera sobre ti una cabeza tan gigantesca que tapara con su cuerpo la luz del sol y cubriera todo el claro del bosque de una oscurísima sombra. Sólo Thomas se escondió tras un arbusto, asombrado tanto del tamaño de la criatura como de la pasividad de sus compañeros de viaje. Puede que Sir Justin estuviera viejo y achacoso, que hubiera perdido parte de sus sentidos, incluidos vista y oído, pero no era posible que no captara semejante engendro. Y ni siquiera se le ocurría razón alguna para la que Brunilda siguiera removiendo tranquilamente el caldero a base de darle vueltas y vueltas al cucharón. - ¿Quiere un poco de sopa, amigo? - dijo el anciano alzando su plato al cielo, acercándolo a las fauces del dragón, que parecía cada vez más extasiado con el olor - Está recién hecha. - Vaya, gracias - contestó una estruendosa voz - la verdad es que tengo mucha hambre. La voz era lenta y pausada, pero tan sonora que costaba entender el significado de las palabras que emitía. Quizás ambas cosas estuvieran relacionadas entre sí. Si uno lo pensaba bien, sería mucho más difícil de entender una voz tan potente si entre cada sílaba no hubiera un poco de pausa y sería un problema para comunicarse con dragones. Aunque casi nadie lo intentaba, la verdad. Todo el mundo asumía que por su aspecto y tamaño solo podían ser criaturas feroces e infernales, con las que solo se podía discutir espada en vano. - Creo que tenemos comida de sobra. Brunilda suele hacer demasiada comida, por más que le digo siempre que yo ya no necesito alimento... - ¡Claro que lo necesita - interrumpió indignada - No querrá irse cayendo por falta de fuerzas, ¿no? ¡Faltaba más Una buena sopa siempre le sienta bien al cuerpo. Proporciona calor y energía. Además, un cuerpo bien alimentado enferma menos. ¿O cree que es por un misterioso encanto que en los últimos inviernos no haya tenido ni el más mínimo resfriado? - ¡Vale, vale ¡Me rindo Aún así, creo que es de buenos cristianos el compartir nuestros alimentos con nuestro prójimo. Y ahora mismo, nuestro prójimo es este dragón. Thomas observaba aterrado, pero al ver que ni Brunilda se asustaba, le avergonzaba ser el único del grupo en tener una actitud tan cobarde ante el colosal animal. Fue por más vergüenza que gallardía que finalmente se animó a salir de su escondite y arrimarse al grupo. - ¡Vaya, muchacho, ya era hora Si llegas a extraviarte un poco más, te hubiéramos dejado sin una gota de sopa, y eso hubiera sido imperdonable. Por cierto, tenemos un invitado con nosotros. Creo que llegó al adentrarte tú en el bosque, por lo que seguramente te habrá sorprendido verle con nosotros. Os presentaría, pero los nombres de estas criaturas son demasiado complicados para que la mente de un anciano pueda retenerlos sin dificultad. - Sgluargolf. Me llamo Sgluargolf. - Bien, lo habré olvidado antes de terminar la sopa, así que habrás de disculparme. Bien, Thomas, cuéntanos. ¿Has encontrado nuevas pistas sobre el paradero de nuestra doncella mientras estabas inspeccionando aquellos arbustos? Thomas miró con sorpresa al anciano. Cierto que entre las muchas lecciones que el viejo caballero le enseñó era el arte de seguir pistas: como distinguir las huellas de caballos, como saber diferenciar si iban al paso o al galope, el entender el significado de la ausencia de un fuego donde quedaban restos de un pequeño campamento... pero nada de eso se le había pasado por la cabeza mientras permanecía escondido. Aun le duraba demasiado el miedo para hablar, así que se limitó a hacer un gesto vago con la cabeza, agachándola avergonzado. Obviamente, el maestro lo interpretó como una negativa, aunque seguramente ya sabía la respuesta incluso desde incluso antes de hacer la pregunta. - No, ¿eh? Me temo que hayamos perdido la pista de esta muchacha. Seguramente hayamos de desistir. Son tantos días de búsqueda que ya la pista no es lo suficientemente fresca como para seguirla. Sí, lo mejor será que mañana vayamos a buscar una nueva misión. En esta hemos fracasado sin remedio. - Disculpadme por meterme en vuestra conversación, pero quizás os pueda ayudar. ¿A quién buscáis? Sir Justin le contó los detalles de su misión, de como Lady Ernestina de Frousthyn había desaparecido y su prometido yacía desconsolado en su alcoba. Obviamente, no mencionó la sospecha del rapto ni la creencia de que el dragón era seguramente el culpable. Si algo le había aportado la edad a Sir Justin, era el saber decir no más de lo que quería decir. El comprender que la sabiduría comenzaba con lo que decíamos, e, incluso, con lo que callábamos. - ¿Hace una semana, decís? Sí, vi una joven como la que decís, perdida en el bosque. Se asustó un poco al verme, pues para uno de vuestra raza soy gigantesco. Pero al menos no intentó arrojarme nada como suele hacer la mayoría. Eso ya era un punto a su favor. Aunque puede que fuera porque simplemente no tenía nada a mano que usar como arma. - Vaya, entonces ha sido una suerte que os encontráramos. ¿Sabes dónde la podríamos encontrar? - Está en mi cueva. La ofrecí cobijo, ya que me dio bastante pena. Trata de pagarme la estancia alimentándome, pero la verdad es que los guisos que hace son horrorosos. Y lo dice alguien que come hasta carroña. No es por despreciar, pero nada que ver con esta sopa tan deliciosa. Claro que yo no quiero decírselo por no herir sus sentimientos. Le pone tanto entusiasmo a prepararme una buena cena... - Bueno, quizás sea que nadie le enseñó a cocinar bien. Yo podría hacerlo y así siempre tendríais buenos platos para degustar. Al terminar de comer, entraron en la cueva y vieron a la dama desaparecida. Mientras el dragón dormía la siesta, la preguntaron si no quería volver a casa. - ¿A casa? ¡Ni hablar No quiero ser la esposa de un cretino que solo me quiere para que limpie, cocine y le de descendencia. Al menos, este simpático dragón no me obliga a yacer desnuda a su lado ni a mantener relaciones íntimas. ¡Prefiero vivir aquí y no volver a esa estúpida ciudad con mi estúpido castillo Sir Justin no insistió, prometiendo no quedarse más allá del tiempo que Brunilda necesitara para enseñar a la dama a cocinar. Pero al ver su primer plato, entendió que necesitaría mucho tiempo. Deberían hacer un alto unos cuantos meses. - Muchacho, quizás sea ya hora de que emprendas el vuelo. Aquí poco más podré enseñarte. Creo que estás listo para tu primera misión en solitario. Quizás debas visitar el condado de Furteng, donde creo que otra princesa ha desaparecido. Y recuerda lo que siempre te he enseñado. No hagas nada precipitadamente. Un juzguéis, dice el evangelio, y no seréis juzgados. Nosotros nos quedaremos en este bosque, creo que ya estoy cansado de ir tanto de un lado para otro. Thomas hizo una reverencia, prometiendo ser digno de su maestro. Se despidió de todos, incluso del dragón, que resultó ser mucho más simpático que la mayoría de hombres que había conocido. Así que caminó hasta Furteng, a 2 semanas de camino. Con su anciano protector seguramente hubiera tardado el doble, pero la verdad es que se le hizo mucho más pesado el tener que recorrer todo el camino sin nadie a su lado. Efectivamente, tal como su maestro le dijo, en Furteng hacía tres meses que la hermosa princesa Rigoberta había desaparecido con su doncella. Miles de caballeros habían partido en su búsqueda, pero sin éxito. Thomas, imitó a su maestro. Escuchó el caso y no prometió nada, pero su corazón se aceleró al ver su retrato, y más cuando su padre dijo que quien encontrara a su hija, sería digno de desposarse con ella. No fue un viaje sencillo. En cada paso que daba dudaba, tratando de recordar sus lecciones. A cada paso echaba de menos a su maestro, sus consejos y su buen hacer. Incluso extrañaba a Brunilda, sus guisos, su carácter duro, pero bondadoso. Incluso su hermoso cuerpo, al que ya se había acostumbrado a admirar a hurtadillas. Incluso el color de sus cabellos, negros como el carbón, o las manchas que solían cubrir su rostro. Cinco años de convivencia habían hecho que viera a Brunilda como algo más que aquella piojosa cocinera de armas tomar que parecía a simple vista. Pero él seguía soñando con su princesa de cabellos rojos como el fuego. Y, a juzgar por su retrato, la princesa Rigoberta podría ser aquella con la que siempre había soñado. Muchas veces pensó abandonar. Muchas veces volvió sobre sus pasos. Muchas veces deseó dejarse morir en el suelo. Muchas veces pensó que mejor hubiera sido volver con Brunilda y tratar de besar su boca, aún a riesgo de que le atravesara el hígado con la daga que siempre llevaba encima. Pasó casi un año, hasta que llegó a una pequeña granja donde dos jóvenes chicas labraban la tierra. Estaban sucias, llevaban la ropa raída, cubrían sus cabellos con sencillos pañuelos para protegerse del sol. Pero una de ellas tenía un cabello tan rojo que quizás fuera la princesa. Pero había que obrar con prudencia, al menos si quería ser digno de su maestro. Así que se acercó pidiendo simplemente hospitalidad. Pasó el día con ellas, sorprendiendo miradas de complicidad y vergüenza entre aquellas damas. Era como si ocultaran un amor secreto que temían que fuera descubierto. Thomas sonrió. Evidentemente, aquellas dos mujeres se amaban. No como amigas. Eran como un joven matrimonio, aún con el primer amor fresco. Él lo comprendió solo con estar con ellas un rato. Así que les contó brevemente el motivo real de su visita. - Cuando os vi, supe rápidamente que erais la princesa que buscaba. Pero vi claramente que vuestro corazón le pertenecía ya a vuestra compañera. - Sí, es inútil negarlo. Nos amamos tan intensamente que creo que ya se nos hacía imposible ocultarlo. Llevábamos ya acostándonos juntas a hurtadillas tres meses. Sabíamos que si nos descubrían, nos ejecutarían, así que huimos alejándonos lo más posible, buscando un sitio tan solitario que pudiéramos hacernos el amor todas las noches sin miedo a ser descubiertas. Pero cada mañana siempre temíamos que uno de los caballeros que mandó mi padre tras nosotras. Por favor, os ruego que sigáis vuestro camino y guardéis nuestro terrible secreto. - No os preocupéis, ni una palabra saldrá de mi boca. - Y si queréis un consejo, no sigáis posponiendo el hablar claramente al objeto de vuestro amor. Si, no os sonrojéis. He leído vuestros sentimientos en vuestras palabras, en vuestros suspiros, en vuestras miradas. Yo callé demasiado tiempo, por miedo a no ser correspondida. Tardé demasiado en comprender que mi amor verdadero había estado siempre a mi lado, sin darme yo cuenta. No cometáis el mismo error. - Así lo haré. Thomas salió al día siguiente, esperando que el dragón supiera que había sido de sus viejos amigos. Por suerte, Brunilda y Ernestina habían seguido viviendo allí, aunque Sir Justin había muerto hacía meses atrás. Y por mucho que lamentara la muerte de su maestro, ver de nuevo a Brunilda fue tan reconfortante que no pudo esperar a hablar para estrecharla entre sus brazos y besarla largamente. Y no le clavó daga alguna, si no que también le abrazó, besándole larga y apasionadamente. Y tal vez no había conseguido besar jamás a la princesa con la que había soñado siempre, pero para él Brunilda era mejor que todas las princesas del mundo.

1
0
134



Cargando